domingo, 27 de enero de 2013

El Cazador de Apurito

Cerros de Apurito a la izquierda, desde la Finca Los Novillos, Km 32 de la carretera Upata El Manteco. La cacería, actividad tradicional de los habitantes de la extensa zona rural del municipio Piar, es el tema de este pequeño relato en tono campesino, donde se dibuja en pinceladas sencillas las aventuras de un cazador famoso de Apurito, una serranía localizada al Sur de la Villa del Yocoima,  visible su silueta desde los hatos del sector Las Topias, carretera a El Manteco. Los personajes aunque pertenecientes al universo de la ficción, guardan mucho parecido con los campesinos y peones que pueblan estos parajes, expertos mucho de ellos en el arte u oficio de la cacería.

El Cazador de Apurito: Relato en Tono Campesinos

Por la carretera Upata El Manteco, después de atravesar el Cerro San Juán y las quebradas Caratupán y San Buenaventura, reposamos un ratico en los Chinchorros, cómo quién busca el paso hacia la roca de Lavandera. Estamos muy cerca de esa laja a flor de suelo,  histórica y misteriosa donde hace años un  labriego dejó la vida en un accidente insólito. Desde entonces los campesinos dicen que allí en las noches sin Luna aparece el muerto de Lavandera. Yo no lo he visto. Pero igual me cuido de andar por esa sabana a medianoche y sin compañía.
Más allá de la vía al Saliente se yerguen serenos y atractivos los cerros de Apurito. Mucha sabana hermosa nos rodea. A un costado de la vía, hacia el poniente, están las tierras que drenan sus aguas al Caroní, es decir al lago de Guri. Al otro a la izquierda, al Oriente se extienden pastizales de primera. Hay aquí colinas cercanas, adornadas con rocas enormes del precámbrico, montículos de granito y gneiss, ennegrecidos por el sol y las quemas anuales en todos los milenios de vida humana. 
Penetramos un primer portón, y seguimos rumbo a los tantos hatos que se esparcen por este territorio.Buscamos cacería. Por supuesto ya el Sol es el de los Venaos, bajito, naranja, hasta que se colorea de tizón rojito, y luego desaparece así de golpe. Como siempre nos embarga un temor ancestral por aquel silencioso concierto de animales nocturno, chillidos, repiques, cantos de anfibios, que de manera repentina comienza a despertar en la sabana. De pronto escuchamos: "Venado pa tirá pa arriba hay aquí en este llano". Lo sentencia un peón, que nos despierta del letargo y tantas reflexiones.

Nos encontramos en las cercanías de los caños y lagunas que drenan hacia el lejano Oronata, tributario del Yuruari. A esta recta o lugar le dicen Las Topias, más adelante está el cruce de Panamo, Las Cositas,  Cogollal, y Pueblito, rumbo al caño Guri, hoy ahogado por su lago de similar nombre.
Ya nos agarra la noche, y comienza la vela de El Cazador. Con lampara en frente, se lanza el experto a la cacería en media de la oscurana. "Lo que toca es velá esos venados, con calma, aquí hay de tó tamaño, chiquiticos como un perro mediano y otros que parecen vacas de lo grande", nos dice El Cazador, un hombre de unos 40 y pico, alto y canillúo como el Silbón, desdentado, pero con una sonrisa sin freno, pelo lacio y azabache, sin asomo de calva, piel cobriza, de mentón amplio y con un tumbao o cojera, que es su sello de calidad. Nos cuenta que ese fue el recuerdo marca de la época en que estos llanos tenían tigres cebaos por miles, expertos en eso de andarse comiendo las reses de los patronos. 
"Fue una noche de marzo, sin nubes, estrelladas, me descuidé, creo que me dormí, porque estaba muy cansado. No tuve tiempo de reaccionar, pues  cuando me dí cuenta el animalón ese se me fue paencima y me agarró la pierna derecha, a Dios gracias no sé por qué ese bicho no me remato, le ví los ojos como un arcoiris, bonitas las pepas, a pesar de que me tumbó la lámpara, brillaba como demonio, pero en vez de darme el carajazo de gracia, pegó otro brinco en dirección a una laguna cercana, al parecer no le gustó mi carne, y prefirió un caramerudo que estaba hecho piedra entre un mogote a la orilla de ese humedal".
De pronto, en medio de estos cuentos de camino,  surgen estrepitosos los chácharos, cochinos de sabana. Seǵun dicen vienen de la montaña, de los alto, de cerro Apurito.  Ni modo. Hay que seguir esperando. La cacería sin Luna está cerca, nos dice el baquiano. Pero en vez de "venaos" lo que se nos atraviesan  cachicamos sabaneros y uno que otro mamífero menor, todos chiquitos, traviesos, mansitos, parecen animales domésticos. Mientras tanto la sabana que nos cobija sigue su particular fiesta nocturna. Escuchamos aguatacaminos, lechuzas, insectos, sapitos, ranitas cantarinas. Estamos a medio año, en un mes de lluvias. 
Sin mediar palabra El Cazador se nos aleja pasitrotero. Anduvo lejos por media hora, confiábamos en su buena puntería y paciencia. Hasta que suena el primer disparo de bácula con su carga de guaímaros fulminantes.
"Seguro le dio al primero", dijo el Peón, "ese no pela uno", repitió al tiempo que se escuchó otro disparo, y un eco que se hizo ancho como el llano. Y otro. Y otro. Esperamos.
"Está emocionao El Cazador, será que acabó con una manada, o se volvió loco", dije.
"Puede ser, afirmó el Baquiano, ese carajo ha matao tanto venao, tanto bicho del monte, y no tiene freno, hay que regañalo, la última vez por La Tigra camino de El Callao le dije "Compadre deje las hembras quietas, no le dé plomo a los chiquitos, que la cacería no es infinita, así se nos acaba la fauna, así le he dicho", repitió.
Pero El Cazador es sordo. Lo suyo es plomo y animal al cuello, o si es grande tasajearlo, descuartizado. "Se hace menos penosa la carga" dice el bellaco. A veces hay tanta cacería que deja a los animales regados por la sabana, para que los vecinos y peones aprovechen la buena zafra.
"Claro pa colmo el jefe, el patrón me regaña, lo que no dice es que casi toda la cecería de aquí quien se la come es él y su familia, y la gente esa que viene de allá lejos del Puerto ese que está después de San Félix, en sus camionetas carísimas. Se comen lo mejor y nos dejan hueso y cuero. Que se le va hacé", hablaba El Cazador minutos antes de perderse en el camino a Apurito.
Hoy los venados se han ido lejos. Ya no hay como antes. Los tigrillos y cunaguaros, y el peligroso "lión, bicho pa bravo", también se fueron arriba a los cerros Machín, a Guacamayo y "los más grandes se enconcharon en Tomasote arriba y los más bravos se fueron pa El Chocó, de allí saltaron a Alto Yuruari y se metieron por Cerro Azul, o se perdieron por los montes altos de Hacha, El Supamo, la montaña de San Pedro y el Antabare, a dónde sólo llegan los valientes y los mineros más alebrestaos". Otros felinos menos andariegos, pero grandes y mariposos,  cruzaron la sabana y se treparon a los montes del Retumbo, por esa montaña lejana por donde el Sol se pierde. Los chiguieres laguneros y los báquiros, de vez en cuando resuenan por allí, es cacería menor,  y "la Lapa, ay la lapa, búsqueme una, que ese bicho si es verdad que le gusta a todo el mundo", nos comentó el baquiano, antes de seguir rumbo a la casa principal del Hato y olvidarse de El Cazador. "No será la última vez que ese Silbón de Orilla se nos pierda, pronto volverá", agregó. Por cobardía, obediencia y buen juicio, seguimos al Baquiano, rumbo al descanso reparador y nos despreocupamos por la suerte del Cazador.
- Y El Cazador ¿Dónde está El Cazador?
Esa pregunta se hizo costumbre, tradición, incertidumbre, en toda la sabana del Sur de Upata, desde Santa Rosa hasta Puedpa. Pasaron días, semanas, meses, años, ya los bigotes se me pusieron color ceniza y nada que aparece el de la puntería prodigiosa.
Pues no se sabe, después del último trueno de su bácula, lo perdimos de vista y oído. Todavía lo buscamos. Algunos dicen que se fue a la montaña La Justicia, cerca de Guacamayo, de allí saltó el Carichapo, se ocultó meses en Santa Ana y "en vez de venao, lo que anda es buscando pepitas de oro por Cicapra, La Florinda y Yuruari adentro". Otros dicen que se le comió un tigre blanco por los predios de Macorumo, Río Grande, la selva de Nuria o Bochinche. Total no se sabe. Del Cazador sólo quedaron en el recuerdo de baquianos y peones sus cuentos y su fama de gran tirador.
Y pensar que sólo lo traté una vez, cuando fuímos de cacería a la sabana. Fue la primera y última, porque precisamente esa noche del meridiano del año final del 1999, El Cazador luego de vaciar varias veces su bácula, se fue en silencio y más nunca se ha visto por estos cerros que mientan Apurito.
Lo que si se escucha a lo lejos, casi como un susurro en las noches sin Luna, es el eco extraño de un disparo lejano, cuan canto lastimero, los baquianos y sus hijos dicen que ese ruido es el Alma de El Cazador, en pena por tanto abuso cometido contra la fauna de aquellos llanos del Yuruari.
Juan Ruiz Correa
Upata Diciembre 2012

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