lunes, 24 de agosto de 2009

LA LEYENDA DEL MORICHE (Crónica de Arístides Rojas)

Arístides Rojas, escritor y ensayista, investigador y cronista de nuestras tradiciones, historia, geografía, geología.

"LOS POETAS de todos los tiempos, los viajeros que han visitado las fértiles campiñas de nuestro continente, así como los pintores que han contemplado el paisaje tropical, están de acuerdo en conceder a la palmera el primer rango entre los diversos tipos del reino de Flora. El árbol de la palma ha sido llamado por donde quiera, el príncipe del reino vegetal, simbolizando el triunfo de la fuerza y de la belleza. Tal es su porte, tales sus atractivos, que, si el mundo antiguo hubiera conocido los más esbeltos tipos de esta familia, cuya aparición data del descubrimiento de América, de África y Oceanía, el arte escultural se hubiera enriquecido con nuevos modelos que aparecerían hoy en las ruinas de pasadas civilizaciones.
El día en que fue descubierto el Nuevo Mundo, la palma apareció en toda su belleza y majestad. Las islas que saludaron a Colón, el continente que surgió más tarde, el África que acabaron de descubrir los portugueses, las costas que escucharon los cantos de Gama, aparecieron a la mirada del hombre europeo, exornadas de palmas. Saludaron éstas a los nuevos conquistadores, como habían saludado a los primeros y los acompañaron hasta las nevadas cimas de los Andes, después de haber descubierto las costas, los oasis, los valles, las altiplanicies y las cimas encendidas del dorso del planeta. Complementando el relieve geográfico de éste apareció la zona de las palmas ciñendo el ecuador terrestre y vistiendo de verde follaje la fecunda zona que al “sol enamorado circunscribe”.
Si fuera posible contemplar desde el espacio semejante anfiteatro de verdura, nada habría más sorprendente que esta zona tórrida bañada por los grandes océanos, y coronada por las inaccesibles nevadas y los volcanes del planeta. En ella figuran todas las alturas, todos los colores, todos los climas, todas las formas, la jerarquía vegetal y geológica, siempre ascendiendo hasta ocultarse bajo las eternas nieves. Ora es el templo, ora es la gruta, ya el pórtico, ya la columna solitaria: acá el bosque, las palmas apiñadas queriendo estrangular la roca secular de los Andes, allá en lontananza, el oasis con sus palmas solitarias a cuyos pies apaga la sed la caravana, y más allá las hoyas de los grandes ríos, las costas y los archipiélagos que hacen horizonte. Seguid y cavad en uno y otro mundo la tierra, penetrad en las cuencas carboníferas, en éstas hallaréis las palmas que acompañaron en su cuna, a los continentes y a los archipiélagos en sus tumbas. En las viejas hulleras reposan ya carbonizadas y fósiles las palmas del mundo primitivo, cuando el hombre estaba muy lejos de aparecer sobre la costra terrestre.
He aquí la palma en el reino vegetal y en las entrañas de los continentes, buscadla ahora en la historia y la hallaréis acompañando al hombre desde sus primeros días. La palma es el primer vegetal que presencia el nacimiento de las primeras familias. Los pueblos bíblicos aparecieron en su cuna coronados de dátiles. Recuerda esta palma a Persia, a Arabia, a Egipto y a las costas del Mediterráneo. Aceptaron los romanos la palma como símbolo y dio ésta su nombre a Palmira. No puede hablarse del lago de Genezaret, de la peregrinación de Jesús y de la entrada de éste a Jerusalem, sin recordar al pueblo que, llevando palmas, saludó al Salvador del mundo.
Tamariz llamaron los hebreos a la palma, para recordar así la elegancia, majestad y belleza de aquella mujer del mismo nombre que cautivaba a cuantos la veían; y Jericó fue llamada igualmente la ciudad de las palmas. El dátil de hoy es bella reminiscencia del de los tiempos bíblicos, cuando la sociedad antigua, desde la hoya del Mediterráneo, comenzó a establecerse y a poblar las regiones de Asia, de África, de Europa, y a navegar las costas del mar Índico.
La palma figura en las pagodas del pueblo de Buda, en los archipiélagos asiáticos, cuna de la civilización indostánica. Así, en los más antiguos pueblos de la tierra como en los más modernos, la palma ha presenciado la historia del hombre, desde los pueblos bíblicos hasta la conquista de América, desde los mares de Grecia y de Egipto, de Persia y del Indostán,hasta las columnas de Hércules, desde las costas del Atlántico y del mar Índico, hasta las del dilatado océano de Balboa.
La palma dátil tiene su patria; a orillas del Mediterráneo; ella es la palma histórica por excelencia. La palma del coco tiene la suya en los archipiélagos asiáticos de donde ha pasado a todas las costas de la zona tórrida. Representa ella los antiguos pueblos del Asia, cuyos descendientes yacen sumidos en la ignorancia. Simboliza la palma moriche la llegada de Colón a las costas de Paria, las bocas del Orinoco, patria de los guaraúnos, el descubrimiento del continente americano. No puede comprenderse el oasis en los desiertos de África, sin la palma dátil; no puede admirarse la pagoda del malayo sin el cocotero: no puede recordarse la pampa venezolana sin el moriche. A la sombra del moriche vive el hombre, porque el moriche es pan de vida como la llamaron los primeros misioneros castellanos, y a sus pies está el agua potable, la cabaña, la familia.
Refiere Schomburgk que los indios macousi, en las regiones del Esequibo, creen que el único ser racional que sobrevivió a una inundación general, volvió a poblar la tierra cambiando las piedras en hombres. Este mito, añade Humboldt, fruto de la brillante imaginación de los macousi y que recuerda a Deucalión y Pirra, se reproduce todavía bajo diferentes formas entre los tamanacos del Orinoco.
Debemos la tradición de los tamanacos, sobre la formación del mundo, después del diluvio, a un célebre misionero italiano, el padre Gillij que vivió mucho tiempo en las regiones del Orinoco. Refiere este misionero que Amalivaca, el padre de los tamanacos, es decir, el Creador del género humano, llegó en cierto día sobre una canoa, en los momentos de la gran inundación que se llama la edad de las aguas, cuando las olas del océano chocaban en el interior de las tierras, contra las montañas de la Encaramada. Cuando les preguntó el misionero a los tamanacos, cómo pudo sobrevivir el género humano después de semejante catástrofe, los indios le contestaron al instante; que todos los tamanacos se ahogaron, con la excepción de un hombre y una mujer que se refugiaron en la cima de la elevada montaña de Tamacú, cerca de las orillas del río Asiverú, llamado por los españoles Cuchivero; que desde allí, ambos comenzaron a arrojar, por sobre sus cabezas y hacia atrás, los frutos de la palma moriche, y que de las semillas de ésta salieron los hombres y mujeres que actualmente pueblan la tierra. Amalivaca, viajando en su embarcación grabó las figuras del sol y de la luna sobre la roca pintada (Tepu-mereme) que se encuentra cerca de la Encaramada.
En su viaje al Orinoco, Humboldt vio una gran piedra que le mostraron los indios en las llanuras de Maita, la cual era, según los indígenas, un instrumento de música, el tambor de Amalivaca.
La leyenda no queda, empero reducida a esto, según refiere Gillij. Amalivaca tuvo un hermano, Vochi, quien le ayudó a dar a la superficie de la tierra su forma actual; y cuentan los tamanacos, que los dos hermanos, en su sistema de perfectibilidad, quisieron desde luego, arreglar el Orinoco de tal manera, que pudiera siempre seguirse el curso de su corriente al descender o al remontar el río. Por este medio esperaban ahorrar a los hombres el uso del remo, al buscar el origen de las aguas, y dar al Orinoco un doble declive; idea que no llegaron a realizar, a pesar de su poder regenerador, por lo cual se vieron entonces obligados a renunciar a semejante problema hidráulico.
Amalivaca tenía además dos hijas de decidido gusto por los viajes; y la tradición refiere, en sentido figurado, que el padre les fracturó las piernas para imposibilitarlas en sus deseos de viajar, y poder de esta manera poblar la tierra de los tamanacos11.
Después de haber arreglado las cosas en la región anegada del Orinoco, Amalivaca se reembarcó y regresó a la opuesta orilla, al mismo lugar de donde había venido. Los indios no habían visto desde entonces llegar a sus tierras ningún hombre que les diera noticia de su regenerador, sino a los misioneros; e imaginándose que la otra orilla era la Europa, uno de los caciques tamanacos preguntó inocentemente, al padre Gillij: “Si había visto por allá al gran Amalivaca, el padre de los tamanacos, que había cubierto las rocas de figuras simbólicas”.
No fue Amalivaca una creación mítica sino un hombre histórico; el primer civilizador de Venezuela, cuyo nombre se ha conservado en la memoria de millares de generaciones. Estas nociones de un gran cataclismo, dice Humbolt, estos dos entes libertados sobre la cima de una montaña, que llevan tras sí los frutos de la palma moriche, para poblar de nuevo el mundo; esta divinidad nacional, Amalivaca, que llega por agua de una tierra lejana, que prescribe leyes a la naturaleza y obliga a los pueblos a renunciar a sus emigraciones; y estos rasgos diversos de un sistema de creencia tan antiguo, son muy dignos de fijar nuestra atención.
Cuanto se nos refiere en el día, de los Tamanacos y tribus que hablan lenguas análogas a la tamanaca, lo tienen sin duda de otros pueblos que han habitado estas mismas regiones antes que ellos. El nombre de Amalivaca es conocido en un espacio de más de cinco mil leguas cuadradas, y vuelve a encontrarse como designando al Padre de los hombres (nuestro grande abuelo) hasta entre las naciones Caribes, cuyo idioma se parece tanto al tamanaco, como el alemán y el griego, al persa y sánscrito. Amalivaca no es primitivamente el Grande espíritu y el Viejo del cielo, ese ser invisible, cuyo culto nace del de la
fuerza de la naturaleza, cuando los pueblos se elevan insensiblemente al sentimiento de la unidad; sino más bien un personaje de los tiempos heroicos, un hombre extranjero que ha vivido en la tierra de los Tamanacos y Caribes y grabado rasgos simbólicos en las rocas, para en seguida retornar más allá del Océano, a países que había antiguamente habitado.
Ningún pueblo de la tierra presenta a la imaginación del poeta leyenda tan bella: es la expresión sencilla y pintoresca de un pueblo inculto que se encontró poseedor del oasis americano, coronado de palmeras, de majestuosos ríos poblados de selvas seculares, de dilatada, inmensa pampa, imagen del Océano.

La palma moriche no sólo recuerda la existencia de un pueblo que desapareció y nos dejó su nombre y la traza de sus conquistas; sino también a aquellos misioneros que fundaron en la pampa venezolana el cristianismo a fuerza de constancia, de amor y sacrificios. ¡Cómo viven en la memoria de estos pueblos aquellos ministros del Evangelio! En cada uno, palmeras de diferente porte, al mecer sus penachos a los caprichos del viento, parecen túmulos de verde follaje sobre extinguidos osarios. La palma Píritu recuerda a los padres observantes en la tierra cumanagota, en las sabanas que bañan los afluentes del Orinoco. Recuerda la palma Corozo al pueblo Chaima, y a los padres capuchinos, en las fértiles dehesas de Maturín.
Chaguarama es el nombre de la palmera que desde las costas cumanesas, cautivó a los misioneros catalanes del Guárico: Oreodoxa la llaman los botánicos, nombre griego que significa alegría del monte. Temiche llaman los guaraúnos, en el Delta del Orinoco, a una de sus bellas palmas; nombre indígena que equivale a pluma del sol. Pero ninguna de ellas, con más historia y atractivos que el moriche, la palma histórica de cuyo, fruto nació el hombre venezolano; la palma que saludó a las naos de Colón, abrigó a los misioneros, dio alimento al conquistador fatigado y agua al herido que, después del sangriento combate, en los días de la guerra a muerte, sucumbía al pie de los palmares.
Tú tienes también tus palmas, tierra de Coquibacoa. Tu pórtico de verdura que saluda al viajero que visita las aguas de tu dilatado lago, estáen “Punta de Palmas”, y son tus cocales florones de penachos, cima de esmeralda que circunda tus costas.
Cuando Amalivaca, el creador de la civilización venezolana, al verificarse el último cataclismo geológico que levantara el suelo del Orinoco y se paseó sobre las llanuras dilatadas, para que brotaran hombres del fruto del moriche, ya el ramal andino de Itotos guardaba por el Oeste la tierra de Mara, en tanto que la cuenca de Coquibacoa al llenarse con el agua de sus innúmeros tributarios, se abría paso al mar, después de haberse coronado de palmeras que celebran las glorias de Amalivaca y de su esposa, fundadores de la gran nación caribe-tamanaca".

Nota del Autor del Blog:

Arístides Rojas nació en Caracas en 1826. Obtuvo el grado de Doctor en Ciencias Médicas en la Universidad Central de Venezuela, ejerciendo su profesión en Venezuela y las Antillas. Más tarde se dedicó a las letras, convirtiéndose en uno de los mas famosos e importantes eruditos de la época, incansable indagador de la historia, la naturaleza y las letras y divulgador de la cultura. Publicó centenares de artículos literarios, científicos, de costumbres, sobre geología, sismología, estadística e historia, así como diversos libros, entre los cuales destacan "Leyendas históricas de Venezuela" y "Orígenes Venezolanos". (Tomado de la Web PDVSA Intevep Cógido Geológico de Venezuela
- Pioneros en Venezuela)

Esta interesante crónica nos coloca en contacto con la exquisita pluma de este escritor caraqueño, pionero de los estudios históricos científicos sobre los orígenes del hombre y de los pueblos en Venezuela, sus leyendas, tradiciones, su geografía. Arístides Rojas al hacer referencia a la Palma Moriche relata con maestría la influencia de las palmeras en la cultura e historia de los pueblos ecuatoriales y subtropicales del Asia, de Africa, Oceanía y por supuesto América. El Moriche, cuyo nombre científico es Mauritia Flexuosa, es una palma que asociamos en los llanos orientales venezolanos, donde más abunda, y en la misma Guayana, a la presencia del agua, de los acuíferos, a la existencia de cursos de agua, morada de culebras, de réptiles saurios y misterios. Acá en nuestra región Sur morichales se multiplican hacia las sabanas de La Paragua Ciudad Piar, en las pedregosas colinas de la Formación Geológica o Cinturón de Imataca. En la ruta hacia El Manteco, también más al Sur allá por la Gran Sabana, en los caminos que anteceden la frontera con el Brasil.
Sin embargo, otras palmas no menos necesarias como proveedoras de alimentos y materiales para la construcción y cestería, también tenemos en nuestra zona Sur, como la siempre útil palma de Carata, de constante uso en las zonas rurales y los clubes campestres de nuestro municipio. La carata incluso en Upata identifica a uno de nuestros recodos selváticos, zona de manantiales que por largos años nos suministraron una de las mejores aguas para el uso doméstico. También abundante aquí la palma Corozo, espinosa, morada de nidos de nuestros loros, cotorras y pericos. Más allá en Cedeño, en los llanos de Cairaca del Orinoco abunda el Pijiguao y la Coroba. Otra especie de palma muy llamativa es la pequeña pero frondosa palma de la zona de El Palmar Río Grande. En la ciudad de Upata está presente en siembras ornamentales, aunque no muy abundantes, el chaguaramo, sin embargo plagas y quizás falta de cuido no les permiten su desarrollo en condiciones favorables, por lo general se nos muestran tristes, sin ese porte altivo propio de los chaguaramos de Caracas, de los valles de Aragua, y del Yaracuy.
En cualquier caso el escrito crónica de Arístides Rojas, es una lectura obligatoria, necesaria, para todo aquel venezolano amante de nuestra prodigiosa vegetación y de las palmas, tan afines a historias, leyendas y usos concretos de los pueblos indígenas. El texto fue tomado del libro Orígenes Venezolanos, Historia, Tradiciones, Crónicas y Leyendas, publicado originalmente en papel y luego en edición digital por la Fundación Biblioteca Ayacucho, organismo adscrito al Ministerio del Poder Popular para la Cultura, y disponible para su descarga completa en su página Web.

Del Moriche Jenny González Muñoz nos dice en la excelente revista del Ministerio del Poder Popular para la Cultura y del Centro Nacional de la Historia Memoria de Venezuela Número 9 de Junio del 2009 lo siguiente: "El Moriche le proporciona alimento a toda la familia del pueblo warao, sirve para preparativos curativos, utilizados en en la medicina tradicional, y además es uno de los principales materiales utilizados en la tan rica cestería característica de esta comunidad originaria venezolana. Del tronco de las palmas de Moriche que no tienen fruto, los Warao extraen la fécula y mediante un proceso de extracción del almidón se elabora la Yuruma, que es la harina con la que realizan gran parte de su comida. Ya que constituye el soporte fundamental de la comunidad, la palma Moriche es considerada como el Árbol de la Vida. De la parte interna del Moriche se produce el Palmito, muy cotizado en las culturas occidentales. De este árbol también se toma la madera para fabricar la curiara y el janoko,además de instrumentos para la caza y pesca.Tomando en cuenta que su fibra es muy resistente se utiliza para la creación de chinchorros, alpargatas, cestas y diferentes prendas de vestir. Además los gusanos que se crían dentro del tronco del Moriche forman un plato exquisito dentro de la dieta del pueblo Warao".

Recordamos que en Upata el moriche, vendido en pasta como alimento, era el ingrediente principal de una refrescante bebida dulce, utilizada también para la elaboración de sabrosos helados, un tanto pesados por su abundancia en sustancias grasas, pero con un sabor muy particular. Lamentablemente esta costumbre gastronómica se ha perdido y cada vez es más difícil la degustación de este famoso helado de moriche, tan abundante en la Villa del Yocoima, en las décadas del 60-70.

1 comentario:

Abrahan Tineo dijo...

excelente trabajo, requiero conerme en contacto con ud,
saludos
abrahan.tineo@gmail.com