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Calor y amenaza de lluvia. Así era siempre en julio. Cuando nos adentrábamos por aquellos parajes sin fin y verdosos de la carretera Upata El Manteco. Olor a monte fresco, a cagajón y a suelo mojado, colinas y más colinas por todo el trayecto. Ya íbamos más despacio en el viejo carro, atentos al cruce del camino a Apurito, cerro hermoso y distante aún. El Sol ya no picaba tanto y el aire húmedo, el fresco de la tarde en cercano ocaso, nos indicaba que por aquí hubo lluvia y de la buena. Subíamos a los llanos de Apurito en compañía del Ñato, joven peón de finca, panzón, corto de piernas, de piel cobriza, extrovertido y chistoso, Farfán para sus amigos. También nos acompañaba como protagonista de aventura el experimentado Caiguire, también conocido como El Cazador, según muchos lugareños el mejor tirador de las llanuras del Yuruari Medio.