Desde una colina en primer plano bosques en el Carichapo medio, a fondo siluetas del cerro El Cume a la izquierda y Tomasote a la derecha.
Macizos colinosos se despliegan a la distancia coincidiendo con la Falla de Guri. La línea de cerros marca el límite entre las tierras auríferas de la Provincia Pastora con las zonas ferríferas de Imataca.
Paisaje ondulado del antiguo Hato Tierra Blanca, tierras tradicionales de ganadería vacuna, desde los tiempos de las Misiones Capuchinas. Esta zona fue parcialmente intervenida por el proyecto mineroturístico del Grupo Arizona durante la década de los 90 del siglo pasado.
Finalizando las Curvas de Santa María el paisaje se abre en sabanas y bosques bajos de Carichapo, al fondo sobresale la silueta de Cerro Machí y los cerros de Apurito, visibles también desde la carretera a El Manteco.
Muy cerca de Upata, a un costado de la vía a Guasipati, en las cercanías de los caseríos La Flor, Matajey, El Piso, y en la ruta a los sectores rurales Guacamayo y Santa Bárbara, por una carretera que amerita mayor mantenimiento o restauración, se localizan las extensas sabanas y colinas del río Carichapo afluente del Yuruari. Son más de 1000 hectáreas de tierras que han permanecido ociosas en los últimos años, donde se despliegan en armonía incontables ecosistemas de gran belleza escénica. Durante década este sector conocido como Hato Tierra Blanca fue propiedad de la familia Somoza, posteriormente fue adquirido por el Grupo Arizona para levantar en sus tierras un ambicioso proyecto pecuario, minero y turístico.
Desde una loma se observa la carretera principal Troncal 10 al fondo cordillera de Tomasote.
Valle ganadero en la vía El Salto, al Oeste del caserío principal de Santa María
Templo, más bien capilla católica del sector, solitaria y perdida entre tanto cemento. Hizo falta un proyecto para rescatar la arquitectura tradicional y hacerle honor al que fue uno de los mejores templos de los pueblos de misión: la Iglesia de Santa María.
Aunque es documento histórico de relativo fácil acceso, por estar
inserto en un libro oficial publicado en pleno gobierno de Antonio
Guzmán Blanco en 1876, la relación que hace el señor Andrés Level de su
visita a las Misiones del Caroní, dedica su atención a considerar
el estado de abandono, y saqueo de sus bienes públicos al que fue
sometida la población de Santa María del Yacuario. Con pena, dolor y
si se quiere en un tono de reclamo y rabia el visitante describe de
esta manera su recorrido al antiguo Cantón Upata,
en una misiva fechada desde la población de El Miamo el 30 de junio
de 1849 dirigida al Señor Secretario de Estado en el Despacho del
Interior, que expresa lo siguente:
"De Cupapuy pasé a Santa María, la desventurada. Este pueblo
presenta el inaudito robo de que yo no tenía idea.Yo había visto y
sabido, robos de diferentes especies; pero robarse un pueblo entero,
no lo había visto hasta aquí. Ahuyentar los moradores de un lugar
para apropiárselo; destruir las edificaciones para producir ruinas;
producirlas para aparentar despojos; y adueñarse en seguida de estos
despojos, es cosa que hasta se corre el riesgo de escribirlas porque,
en verdad, pudiera no ser creída. Sin embargo, documentadamente he
dado cuenta del hecho a la Direccion, pues por desgracia es harto
cierto, que la desventurada Santa María, por su inmediación a la
Villa de Upata despertó su codicia. Desde ella le fueron
desmembrados sus vecinos, ahuyentaron al que sostenía un resto,
pidieron en seguida la extinción de la parroquia, mintieron la ruina
inminente del convento, y a poco fue subastado por cincuenta pesos y
deshecho.
La hermosísima Iglesia que le era contigua quedó en ruina,
despojada de su teja, y en pos, lo demás vino a ser un objeto de
espanto y grima para el pasajero. Lo pavoroso de las ruinas y la
desolación, acibara el goce que proporcionaría el imponente
paisaje, que domina la espléndida posicion de Santa María.
Al acabarse los padres fundadores, quedó con 661 habitantes. Hoy
tiene por todo morador los ganados, y un indio herrero que con su
limitada familia vive fuera de las ruinas, en la colina que se ve en
el plano. Tiene sí la fragua en una casa de la población. Su
martillo es la única muestra de vida que resta en aquel cadáver de
pueblo. Ese herrero, hombre octogenario, parece como el encargado por
el tiempo, de hacer repetir diariamente a su yunque, la sagrada
demanda de la vida, para un moribundo que todavía puede alcanzarla.
Y con un grito de hierro sobreviviente a cuanto le rodea, preconiza
el pueblicidio, y clama por un Gobierno. Ese clamor es el suspirar de
cuantos creen que la existencia de los gobiernos supone la existencia
de los pueblos. Así, pues, yo doy cuenta de Santa María al poder
público, en letras, mientras queda el herrero dándola con su
martillo a todo pasajero. Todo mi deseo es poderle decir algun día:
Hubo quien oyera tu martillo y mi voz. Mi voz no ha cesado de
martillar diez años ha, así como tu martillo no ha dejado de vocear
por espacio de seis.”
Con toda consideracion me suscribo de US. muy atento servidor.
Andres E. Level.”
Anexo al escrito Level inserta un plano con lo que queda del pueblo
de Santa María, resto de una de las Misiones del Caroní, fundada
por los MR. PP. capuchinos, en el siglo XVIII. Anexa también una
pequeña relación histórica sobre la misión señalando que SANTA
MARÍA DE YACUARIO fue fundada en 1730 con indios guayanos y
panacayos. Su población entre 1788 y 1816 se mantuvo entre los 700 y 400 habitantes. En 1788 tenía 481 habitantes. En 1791 subió a 512,
cuando la dirigía el misionero Fr Agustín de Barcelona de 52 años,
y 18 de misión en aquellas zonas. En 1803 la poblaban 570
personas. En 1816 eran 661 sus habitantes.
Desde la loma de la Escondida se divisa la Troncal 10 en Santa María, al fondo la distante cordillera de Tomasote, en la ruta a Guasipati.
Troncal 10 en Santa María, estampa del pueblo a ambos lados de la carretera Upata Guasipati.
Camino de arena en La Escondida, casa de campo suavizada por la fronda de sus árboles de Aceite o Copaiba, uno de los recursos florales más abundantes de Santa María.
Desde la Loma se divisa un valle en la vía El Salto, iglesia cristiano y serranías de San Germán El Aguador.
Casas viejas, caminos de arena, árboles y cercas campesinas
Santa María del Yecuario o más bien de Upata, como se le conoce en la actualidad, sigue su marcha serena por el devenir de los pueblos antiguos convertidos ahora en caseríos, opacada por la Villa de San Antonio distante 12 kilómetros al Norte de sus recodos empedrados, colinas de suave vegetación de arbustos y chaparrales, y caminos de tierra blanca, arenales y uno que otro terrón de arcilla. Santa María hoy vive como siempre de sus cultivos breves, de sus pequeños hatos, de sus chiqueros de la ganadería porcina, y de la venta de comida, del paso de los turistas y viajantes que suelen acá descansar para el desayuno o el almuerzo de rigor, donde las empanadas, pastelitos, arepas y sopas, jugos y café tinto, tienen amplia demanda.
Santa María de Upata, antiguo pueblo de misión, uno de los primeros fundados por los padres capuchino catalanes en la primera mitad del siglo XVIII.
Turistas provenientes de la Gran Sabana a su llegada a Santa María
Santa María del Yacuario fue, junto a Altagracia y Cupapuí, una de las primeras localidades fundadas por los padres misioneros capuchinos catalanes durante la primera mitad del siglo XVIII. Estos pueblos de misión en su mayoría sufrieron el embate del tiempo, el olvido y el abandono.
No obstante ha logrado Santa María y la norteña Altagracia, sobrevivir y con nuevos aires mantienen su vigorosa presencia como centros poblados rurales, en estrecha conexión con la ciudad de Upata.